Dedicado a mi mujer, renacida el 11-M y a quien no quiero perder.

Hay un número negro que no es el trece que le supera en fechoría: once de marzo de dos mil cuatro, siete treinta y cinco en punto. Un sobresalto rompe el duermevela de los sueños, rotos en mil pedazos el futuro y la esperanza se aprisionan, se esparcen por vagones y andenes que ya nunca llevarán a ninguna parte.

Son las siete cuarenta en el reloj de pulsera desbaratado. En ese minuto, en ese instante, las madres sienten escalofríos en la nuca, no saben adónde dirigir su primer sollozo, las canciones de los niños se pierden sin ecos y sin rastros, la joven que guarda ilusiones en el fondo oscuro de sus ojos, los cierra sólo un momento –piensa– esperando que después de un corto sueño se despierte. Nunca más los abrirá. El frío es azul oscuro, denso.

Mientras la ciudad contiene el aliento, las ventanas del cielo se cierran. Ninguno de sus habitantes quiere oír el clamor de la angustia que arrastra pies desnudos por ensangrentadas vías muertas. El día abominable en el que perros enfurecidos despedazaron a sus presas a dentelladas, ningún dios les puso freno. Miraron a otro lado. Doloroso final del recorrido. Triste mañana nuestra.

Pero que recuerden los verdugos cómo son los temblores del parto, cómo nacen las margaritas del dolor de la tierra, cómo se levanta la mañana del clavel de la sangre en las heridas. Por si no lo saben, contádselo.

Autor: HERME G. DONIS