Diría que hay muchas personas que no pueden hacer más de lo que hacen, les asfixia la rutina diaria, los niños, el trabajo, las tareas de casa, y no tienen otra ocasión de dedicarse tiempo a sí mismas antes de derrotarse por el cansancio de la jornada.

Conozco a muchas personas así, quizás yo, mi mujer, tú que me lees, seas otra más. Pero una de ellas me ha sorprendido con gran admiración. En su rutina y carga diaria ha encontrado tiempo para darse a los demás, en aquello que no es cómodo. Ha decidido ser distinta, darle valor a su vida, más allá de la voluntad firme de ser una buena madre y una buena esposa.

Es de esas personas que siente un barrunto en su interior, una llamada para darle mayor sentido a su vida, y no se ha hecho socia de un Museo, ni de un grupo de música regional. Ha traducido las palabras de la Madre Teresa de Calcuta, “Quien no vive para servir no sirve para vivir”, y cada jueves va a un hospital de beneficencia a cuidar de unos ancianos abandonados, de los que nadie sabe su existencia. Les lava, les habla, les da la merienda, les cambia los pañales, le da lo más preciado, ocasión de sentirse queridos.

Además de hacerse voluntaria de Mensajeros de la Paz, cuidando de viejos corazones, también ha apadrinado una niña de la India, a través de la Fundación Vicente Ferrer. Dos grandes pasos para una persona sencilla, sin tiempo, sin posibilidades previas, pero llena de inquietudes que demuestran “estar viva”.

No sólo quiero admirarla por lo que hace, también quiero agradecerla su cercanía y espero merecer su amistad.


(dedicado a una gran amiga que quiere mantenerse anónima en este Blog)

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