La mayoría de los días de mis últimos años han estado repletos de complejidades, miles de cosas que hacer y otras tantas atrasadas, y sólo a veces, en instantes fugaces, los sueños sobrevuelan por tu mente como fotogramas en medio de una larga película, escenas imperceptibles sobrepuestas a la rutina de la vida agitada.

Esta tarde he paseado acompañado, (bueno, primero pensé en decir ‘he paseado acompañando a’…, pero realmente era a mi a quien acompañaban). Todo comenzó hace varias semanas y de ello os hablé en el post ‘Vacaciones de acogida: Niños saharauis‘.

Desde hace días convive con nosotros otro niño más, se llama Mohamed, viene de un campamento Saharaui que se llama Smara, (pincha aquí para ver la esperanza perdida en medio de la inmensidad del desierto). Es un niño alegre, generoso y muy bien educado. Está de acogimiento con nosotros. Durante dos meses mi familia será familia numerosa. Hay muchas vivencias que contar, pequeños detalles, pero los dejaré para otro momento, ahora vuelvo a lo que estaba contando.

Tenía claro que Mohamed sabía montar en bici, también tenía claro que no sabía manejar la Xbox ni el ordenador, pero esa parte ya la ha superado. Hay algo que aún desconoce, Internet, no sabe que hay detrás de esas palabras, ignora el poder comunicación y el conocimiento que encierra, pero hay que comprender que en su vida cotidiana, envuelto en los lazos de la familia y la comunidad, a miles de kilómetros de nuestra sociedad agitada, el poder de la Red de Redes no aporta nada; y a mi hoy tampoco me servirá para pasear. Total, que hemos sacado la bici y nos hemos ido a pasear, armados con dos armas poderosas, él con su ilusión y yo con mi música rayándome los oídos.

Me resulta muy curioso andar entre la gente sin oír sus palabras, sin escuchar el rugido sordo de la ciudad, me resulta curioso imbuirme en el sonido de Dishwalla, sin escuchar ni si quiera mis propios pasos. Y paso a paso, nos hemos encaminado hasta la casa de mi madre. Ayer, en la fiesta familiar del cumpleaños de mi hijo mayor, no tuve ocasión de dedicar a mi madre al menos un instante de atención.

Es bueno corregirse, y ahora van acompañando a mis pasos los ojos abiertos de un niño del desierto, y no se si será la música o las alas de algún ángel, pero durante el paseo he visto detenidos los fotogramas de esos sueños que no apreciamos a ver en nuestra ajetreada vida, y he comprendido que algunos de esos sueños están más cerca de lo que creemos. No tengo claro si son nuestros pasos los que nos acercan a ellos o son los sueños los que se apiadan de nuestro lento caminar y se acercan a nosotros para llenarlos la vida.

Con esos pensamientos hemos hecho la visita a mi madre y a mi padre, a los abuelos temporales de Mohamed, y con la misma idea, pero con agua fresca en nuestra boca, hemos regresado hasta nuestra casa. Es bueno salir, pero mejor aún lo es regresar, preparar la cena con tu mujer y tus otros dos hijos, y compartir el tiempo unidos para ver una serie que nos ha pasado un vecino, que de tanto ordenar su entropía es un coleccionista de buenas series.

Una tarde normal, un paseo normal, un post normal. Quizás la vida nos devuelve cierta normalidad los domingos por la tarde, para que no olvidemos al lunes siguiente que la larga película de nuestra agitada vida tiene escenas con sonidos que te encienden y rostros sencillos.

Normalmente reviso mis post varias veces, en este caso lo dejaré así, no se muy bien lo que digo, pero si de dónde nace lo que digo. ¿Tu sabes de dónde nacen las palabras que dices?….