Magnifico el post de Carmen en su blog: Cantos de Sirena, aunque me da "un no se qué" publicar en mi blog un comentario sobre algo tan sentido, tan personal, un dolor que no puede traspasarse de unos a otros.

Carmen se entrega, y en este post nos brinda una verdadera e intensa prosa, un sentido ensayo, sobre el amargor de la pérdida, del desaliento que te queda cuando mascas en el alma la ausencia, la de alguien que se ha ido o aquella oscuridad íntima que te deja tumbado, sin pasarelas donde apoyarte para cruzar el abismo de la vida.

Me siento bendecido, premiado… cuando puedo tener cerca de mi mano las sensaciones y sentimientos de los amigos, cuando los leo, cuando levanto en mi pensamiento las vivencias que describen sus palabras.

Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento

Hay amigos y amigas que cantan, que alegran los párrafos con su felicidad sentida, y también hay personas admirables en su lucha que no son más que sombras de si mismos porque viven en un período de oscuridad. A unos y a otros, siempre amigos, les ofrezco mi mano en este camino, en esta vida.

Al leer a  Carmen recordé uno de los poemas más intensos que jamás he leído, un poema desgarrador, al que no puede enfrentarse ninguna fuerza conocida que impida que se te erice la piel, que se me parta el alma. Es un poema de Miguel Hernández, escrito tras la muerte de su gran amigo Ramón Sijé.

En Orihuela, su pueblo y el mío, se me
ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con
quien tanto quería.

——

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera;
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y en tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata le requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

      Miguel Hernández

     Elegía a Ramón Sijé