Cada vez que oigo la manida frase: "el toreo es arte, cultura y tradición", además de acordarme del Circo Romano y de los miles de personas que allí dejaron su vida para satisfacción de las masas… además de acordarme de la ley Sharia que practica la lapidación en público de mujeres como escarnio que protege las tradiciones… además de sentir una profunda indignación por la "sabiduría popular"… me acuerdo de una declaración que en España intencionadamente se ignora

En 1980, la UNESCO, agencia de la ONU encargada de la ciencia, el arte y la cultura, dictaminó al respecto de la "Fiesta de los Toros":

"La tauromaquia es el terrible y banal arte de torturar y matar animales en público, según unas reglas. Traumatiza a los niños y los adultos sensibles. Agrava el estado de los neurópatas atraídos por estos espectáculos. Desnaturaliza la relación entre el hombre y el animal. En ello, constituye un desafío mayor a la moral, la educación la ciencia y la cultura. "La cultura es todo aquello que contribuye a volver al ser humano más sensible, más inteligente y más civilizado. La crueldad que humilla y destruye por el dolor jamás se podrá considerar cultura".


La tradición no es un argumento válido para sustentar ningún festejo que utilice y maltrate animales porque también hoy es tradición la extirpación del clítoris a las niñas en África, y en España fue tradición y manifestación cultural quemar herejes y gatos. Sin embargo, nadie en su sano juicio podría justificar tales barbaridades- (Alfonso Chillerón).

Y para los que sienten un gran aprecio a las costumbres y al sentido conservador de las tradiciones, también les traigo otra declaración, en este caso del Papa San Pío V, quien en 1567 y tras solicitar informes a personas ilustres de España, promulgó "De salutis gregis dominici" en la que:

"deseando que estos espectáculos tan torpes (vergonzosos) y cruentos, más de demonios que de hombres, queden abolidos en los pueblos cristianos"; dictaba pena de excomunión a los emperadores, reyes y cardenales que los consintieran, a los clérigos que asistieran a ellos, y se negaba la sepultura cristiana a los toreros muertos en el transcurso de alguna lidia. Y para que no se olvidará, más recientemente, en 1920, el Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal Gasparri, escribió que "la Iglesia continúa condenando en alta voz, como lo hizo la Santidad de Pío V, estos sangrientos y vergonzosos espectáculos".

Según parece, en España y el mundo hispanoamericano, eso de la infalibilidad del Papa también se ignora a conveniencia entre sus fieles, si de por medio está la gran virtud de la vanidad, la de lucirse en las fiestas y ocupar un buen asiento frente a este lamentable espectáculo, aparentanto ante a la familia y amigos que en su vida ‘va todo bien’ y tienen motivos de festejar, de celebrar, asistiendo a un ritual sangriento.

Fuera del anecdotario histórico y de las declaraciones de la UNESCO, frente al "zopenquismo" nos queda el sentido común. Lo último del cinismo de los aficionados a las corridas de toros, explicado desde su tribuna cultural, es que nos quieren convencer de que los toros no sufren en los momentos previos y que su posterior muerte dignifica su vida…

No juegues con sus cartas, con las que ocultan como la tradición les ha enseñado muchas técnicas que favorecen el espectáculo. Infórmate antes de ver una corrida de toros, no te dejes llevar por fundamentalismos arcaicos y bárbaros. El toreo no es arte ni cultura es una tortura ejercida sobre un animal en un espacio público para regocijo de la plebe, burda y vanidosa.

Esta tortura se mantendrá mientras sigan existiendo miopes morales, piezas de una maquinaria con apariencia de personas normales, que participan en eventos horrendos, terribles, ignorando las implicaciones de sus actos.

El mal no es banal, por mucho que la "gente en masa" haga de él una fiesta.

Esta tortura cesará únicamente cuando tu dejes de pagar por asistir a estos eventos, y cuando reclames a los poderes públicos que ni un euro de nuestros impuestos puede ser dirigido al mantenimiento de un espectáculo cruel y vergonzoso para la madurez cultural del ser humano.