El amor y la felicidad nace del trabajo personal, constante. La felicidad no debe comprometerse, no se garantiza. El amor no puede ser depositado, no tiene rendimientos ni intereses, ni puede exigirse. Se tiene amor o no se tiene. No te lo dan, ni lo regalas, tan sólo lo posees o lo persigues.
El amor no existe, tan solo existen las pruebas de amor que das, lo que demuestras.
La mayor prueba de amor para aquella persona que amamos es dejarla vivir libremente, ser ella misma.

Buscando dar sonidos a estos pensamientos, ya escritos de esta y otras maneras en el blog, recordé una canción de mi juventud que cantaba Amancio Prada, un juglar del folklore popular, un poeta que rescata historias sencillas. La letra no puede ser más directa y conveniente… «Libre te quiero… pero no mía
Seguro que recuerdas esta maravillosa canción, yo no voy a parar de tararearla…:

Libre te quiero, como arroyo que brinca
de peña en peña. Pero no mía.
Grande te quiero, como monte preñado
de primavera. Pero no mía.
Buena te quiero, como pan que no sabe
su masa buena. Pero no mía.
Alta te quiero, como chopo que al cielo
se despereza. Pero no mía.
Blanca te quiero, como flor de azahares
sobre la tierra. Pero no mía.
Pero no mía ni de Dios ni de nadie
ni tuya siquiera.

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