Desde hace años la palabra crisis está asociada a nuestras vidas sin saber muy bien qué significa.

Fuente: Prosalus

¿El final de una época? ¿El principio de otra? Desde hace años, la palabra crisis está asociada a nuestras vidas y sin saber muy bien qué significa realmente. Una de las acepciones de crisis es “mutación importante en el desarrollo de procesos, ya de orden físicos, ya históricos o espirituales”, es decir, el concepto crisis lleva inherente procesos de cambios. Muchas son las voces que a diario nos hacen ver la necesidad de cambios radicales en todos los ámbitos de la vida: en la política, en la economía, en la sociedad. Sin embargo, el proceso de cambio que ya se va apreciando, como consecuencia de la crisis, parece ajeno a cada uno de nosotros, hombres, mujeres, jóvenes que habitamos hoy el sufrido planeta tierra. Nos equivocamos, porque el primer agente para el cambio es la persona humana, individual.

El economista Jeffrey Sachs, en su libro titulado Economía para un planeta abarrotado, afirma que “durante los últimos doscientos años, los progresos de la tecnología y la demografía han desbordado la capacidad analítica de las ciencias sociales. La industrialización y la ciencia han imprimido en la historia de la humanidad un ritmo de cambio sin precedentes.

[ ] La presión ejercida por la escasez de recursos energéticos, las crecientes tensiones medio ambientales, una población mundial en aumento, la emigración legal e ilegal masiva, los desplazamientos del poder económico y las inmensas desigualdades de renta son asuntos de demasiada envergadura para dejarlos en manos de las descarnadas fuerzas del mercado y de la competitividad geopolítica sin restricciones entre países”. En ese contexto, el mencionado economista propone la cooperación a escala global, como respuesta a los desafíos globales.

El teólogo José Mª Castillo en el artículo titulado “Tiene que cambiar nuestra forma de vivir” (El Ideal de Granada, 11-06-08) afirma que “la crisis económica que a unos nos preocupa y a otros angustia, empieza a ser el final de una época y comienza a ser el inicio de otra”. Otra época en la que, según el teólogo, la forma de vivir del 20% de la población mundial que consumimos el 80% de todo lo que se produce en el planeta llega a su fin.

Esa otra época que vislumbra José Mª Castillo pasa por un cambio de mentalidad y de forma de vivir porque “el mundo ha tomado un giro nuevo que no tiene vuelta atrás. Mientras los pobres del mundo se han limitado a sobrevivir como podían, nosotros hemos podido vivir de bien en mejor, hasta llegar al lujo y al despilfarro en muchos casos. Pero eso se está acabando. Porque más de mil millones de chinos y cerca de mil millones de indios han dicho que basta ya de supervivencia. Y quieren vivir como nosotros. Ahora bien, el mundo no da para tanto. [ ] Nuestro nivel de vida no es aplicable al mundo entero. [ ] Es urgente reorientar la productividad y el comercio en función, no de los caprichos que impone el lujo, el despilfarro, la vanidad infantil o la prepotencia de algunos, sino con vistas a cubrir las necesidades de todos”.

El cambio de mentalidad y de forma de vivir debería conllevar el rescate de aquellas prioridades que son fundamentales para la existencia humana tales como el reconocimiento efectivo de los derechos humanos, establecidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, declaración firmada hace casi 60 años. ¿No es, en efecto, un cambio de mentalidad y de forma de vivir el reconocer que “toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios …”, tal y como se establece en el artículo 25 de la mencionada declaración?

El reconocimiento efectivo de los derechos humanos es una tarea pendiente y necesaria para disminuir de una vez por todas las grandes desigualdades que, actualmente, condenan a la supervivencia a buena parte de la humanidad.