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Carlos Alsina

Un periodista de raza

El Blog de Alsina

 

 

Les voy a decir una cosa.

A Sócrates se le atribuye la afirmación de que “el buen gobernante no lo es por tener cetro, sino por saber mandar”. Y también aquello, claro, de “sólo sé que no sé nada”. Para alcanzar la virtud del conocimiento hay que empezar por asumir las propias limitaciones.

También se atribuye a Sócrates, y en este caso está acreditado que lo dijo, que “el pacto de Estado es la respuesta que debemos dar a la inquietud de los mercados financieros internacionales”. Esto lo dijo Sócrates la semana pasada, cuando se reunió con Pedro Passos Coello para aparcar la daga y empuñar a cuatro manos la calculadora y la tijera. Hubo un Sócrates griego, que de haber vivido ahora andaría el hombre por Atenas preguntándose si acabarán vendiendo el Partenón a los alemanes, y hay un Sócrates portugués, que tiene cincuenta y dos años, es socialista, lleva de primer ministro cinco años, y lo que tiene que vender es una buena imagen de sus cuentas públicas a los inversores que le compran a Portugal sus emisiones de deuda. Es este segundo Sócrates en el que se ha inspirado el presidente del gobierno de España para intentar repetir aquí la operación política que se produjo la semana pasada en Lisboa.

La escuela socrática portuguesa plantea que a la ansiedad de los mercados por la inestabilidad financiera de un Estado hay que responder ganándole tiempo al tiempo y afirmando la estabilidad política como garantía de que la cura de caballo que se predica saldrá adelante. ¿Qué es lo que hizo Sócrates el luso el miércoles pasado, cuando Standard and Poor’s le rebajó la calificación de su deuda? Convocar al líder de la oposición conservadora y conjurarse ambos, gobernante y aspirante, a hacer realidad ya el ajuste duro de la economía que tenía previsto ir aplicando los dos próximos años. No podemos aplazarlo más, fue el mensaje que salió de aquella reunión, que traducido significaba que se congela el sueldo a los empleados públicos, se recorta el subsidio del paro y las ayudas sociales y se sube impuestos a las rentas más altas. El plan no llega a ser tan drástico como el griego, donde se recorta el salario a los funcionarios, se retrasa la jubilación, se abarata el despido y se sube el IVA al 23 por 100, pero busca evitar precisamente eso, que Portugal sea Grecia II.

El principal diario económico de Lisboa había publicado en portada un llamamiento, “Pónganse de acuerdo”, en el que reclamaba acción inmediata a partir de dos premisas: una, Portugal no está en quiebra, pero; dos, no hay tiempo que perder. Lo relevante de lo que sucedió hace menos de una semana en nuestro vecino de la izquierda no fue sólo la concreción de un plan de ajuste más o menos severo, sino el hecho de que lo defendieran a dos voces, en comparecencia conjunta ante la prensa, los dos líderes políticos que representan a la gran mayoría de la población. La idea era ésta: no es el gobierno el que se compromete a meterse en cintura, es Portugal, como sociedad, la que asume que hay que hacer poda por las bravas y promete hacerlo. Durán i Lleida dijo ese día: “Siento envidia, qué gran lección nos acaba de dar Portugal”.

El presidente Rodríguez Zapatero ha citado a Rajoy en la Moncloa este miércoles, a las diez de la mañana. Y anuncia Presidencia que el único asunto del que quiere hablar con el líder de la oposición conservadora es la situación económica. El verbo seguramente es equivocado: no es que “quiera”, es que está persuadido de que “debe” sentarse con Rajoy. Por dos razones. Primera, que hay dos asuntos que forman parte relevante del saneamiento de nuestra economía y en los que el PP tiene mucho que hacer (y obligación de hacerlo) porque es gobierno en varias comunidades autónoma: esos dos asuntos son la reducción del déficit de las administraciones autonómicas y las fusiones atascadas de las Cajas de Ahorro, lo que eufemísticamente se llama “reordenación de nuestro sistema financiero”.

La segunda razón tiene que ver con la credibilidad. La credibilidad de un plan de ajuste que asume como necesario, como impepinable, no un partido, o un gobierno, sino el conjunto de la sociedad. Ése fue el resorte que quiso tocar el primer ministro Sócrates la semana pasada y ése es el resorte que sigue sin percibirse en España. No sólo porque gobierno y oposición anden a tortas, sino porque no se aprecia que la sociedad esté persuadida, sea realmente consciente, de los riesgos que se ciernen sobre nuestra estabilidad financiera. Es un lugar común afirmar que, para ser tan grave la crisis, no parece que se note tanto en la calle. Es verdad que hay cuatro millones seiscientos mil parados para los que la crisis es una desoladora realidad. Pero también lo es que la angustia por el horizonte financiero de España como Estado endeudado que es palpable en los editoriales de prensa (títulos como “al borde del colapso” o “esto no aguanta”), esa honda preocupación que trasmiten en privado altos cargos de la Unión Europea, no tiene reflejo directo en eso que se llama “el sentir de la calle”.

Eso tiene que ver seguramente con lo poco interiorizado que tenemos el concepto de la deuda pública, como si fuera algo ajeno a cada uno de los ciudadanos que, juntos, constituyen el Estado, y también a la frivolidad con la que han tratado el endeudamiento quienes gobiernan, en la administración central y en las autonómicas, cuando nos hacían creer que no había riesgo alguno pedir cada vez más crédito, empeñados en pasar por alto que los créditos hay que devolverlos, que los intereses de la deuda hay que pagarlos y que si tienes que pedir nuevos créditos para poder pagar los que ya tenías vas a tener un problema serio el día que no te quieran prestar porque no se fían de tu solvencia, como le ha pasado a Grecia. Ésa es la parte de esta crisis financiera que a la mayoría de la gente le resulta más ajena.

El problema de cualquier familia no es tener créditos pendientes (quién no los tiene) el problema es cuando no tienes dinero en la cuenta para pagar la letra. Y esa es la situación que España, como país, debe evitar que se produzca. Los mensajes que hoy han lanzado el gobierno y el PP ante la reunión del miércoles en la Moncloa no invitan a generar grandes expectativas. Zapatero le ha dicho a Rajoy: “vente a casa el miércoles y ríndete”. Rajoy le está diciendo a Zapatero: “yo voy a verte a casa pero te rindes tú”. Cuesta creer que pueda producirse, dentro de 48 horas, una comparecencia conjunta de los dos líderes a imagen y semejanza de la que Sócrates y Passos Coello hicieron en Lisboa una semana antes. El buen gobernante no lo es por tener cetro, sino por saber mandar. La duda es si somos lusos o seguimos siendo unos ilusos.