Voy a contaros una historia que seguro os moverá a traducir las buenas intenciones en buenas acciones. Trata sobre una educadora voluntaria que acabó siendo madre por responsabilidad social. Ahora se aleja de un entorno de violencia, cruzando un charco de 7.900km para llegar a Madrid donde necesitará trabajo y una casa de acogida.


Mi amiga, a la que llamaremos Adela, era muy joven –y lo sigue siendo- cuando decidió dedicar parte de su tiempo a la educación de personas excluidas en una barriada venezolana. Su objetivo era cambiar analfabetismo por oportunidades de desarrollo. Allí conoció a una mujer que tenía por oficio parir y vender a sus hijos. Su último parto era una niña que ya tenía 3 años y merodeaba por el basurero cercano.


Adela regresó en varias ocasiones para hacer un seguimiento de esta “familia” y en cada visita la mujer insistía en vender a su hija. Adela aún no había terminado sus estudios universitarios y se encontró removiendo papeles, autorizaciones, jueces, durante dos años, para obtener la tutela legal de aquella niña, evitar que fuese tratada como una mercancía y darla seguridad para el futuro.


Finalmente Adela pasó a ser una joven madre sin itinerarios de juergas estudiantiles, noviazgos o viajes de final de curso.


La ciudad en la que viven en Venezuela se ha convertido en el peor escenario que esta joven puede desear para su hija adoptada. Tras varios años en los que se ha convencido de que no hay más salidas, tras varios años de confiar en mi la búsqueda de alguna de las opciones para reiniciar una nueva vida en España, llegarán dentro de una semana.


Pero España no está como hace 3 años, burbujeante de actividad y crecimiento económico. Así que las ofertas, las oportunidades hay que traducirlas desde las buenas intenciones. Esas que nos llenan la boca, que nos engrandecen el alma. Ahora buscamos buenas acciones, compromisos para que haya un hogar donde alojarse, un empleo con el que sostenerse y paz para que las raíces se asienten poco a poco en este nuevo país.

Espero vuestra ayuda, podéis enviarnos mensajes de apoyo a Correo@JesusManzano.es y sobre todo… soluciones.

Os dejo con un canción que dice:

Toda aquella locura no era familiar, ni la falta de afecto.
Siempre se guardaba su dolor, para sostenerlo, para protegerlo
Todas las estrellas que llenan el cielo…
se queman ante nuestros ojos