Queremos no solo vivir bien, sino vivir bien sin aceptar las consecuencias de ello

Antonio Ruiz de Elvira

 

Antonio Ruiz de Elvira

Catedrático de Física Aplicada

Universidad de Alcalá de Henares

 

 

Vivimos en la era de los Guinness. Cosas que no tienen la menor importancia se publicitan como cuestiones básicas. Nos enteramos de quien es el más rico del mundo y no queremos saber que entre los más ricos están los capos de la droga y de la venta de armas. Nos enteramos de que Pepita Ruiz compra en los almacenes Perico de su pueblo, como si eso nos pudiese interesar.

De la misma manera lavamos nuestras conciencias montando en bicicleta o apagando las luces unos minutos al año.

Hemos substituido la romería, la procesión, el rezo a las cien mil vírgenes, el poner una vela a Dios y otra al diablo, por apagar las luces un sábado y coger un AVE un domingo desde Madrid a Valencia para comer allí y volvernos a Madrid a cenar.

Nos lavamos la conciencia asistiendo a la mani de la Puerta de Alcalá, y luego nos vamos a gastar energía y a emitir CO2.

Vamos a ver: Queremos vivir muy bien (además olvidando que hay quien vive muy mal) pero olvidamos que en este mundo no hay comida gratis, y que vivir bien implica gastar mucha energía. Nos hemos acostumbrado a que la energía casi no cueste, y no queremos pensar en lo que hacemos cuando quemamos carbono para conseguir energía.

Queremos no solo vivir bien, sino vivir bien sin aceptar las consecuencias de ello. Somos como quienes quieren coger una rosa sin pensar que para ello han destrozado el rosal. La educación en España se ha centrado, desde hace años, en los derechos de las personas, y se han dejado de lado las obligaciones, las responsabilidades.

La situación en la que se encuentra el planeta y la civilización no es halagüeña, a pesar de todos los cantos de sirena. Pero esa situación no se resuelve con un día de expiación. En las culturas tribales era costumbre desplazarse al centro litúrgico llevando una paloma o un cordero y sacrificarlo allí, con lo cual se limpiaban los pecados. La cosa era muy fácil, y no exigía casi esfuerzo. Uno podía ensuciarse todo lo que quisiera, que luego se lavaba y se olvidaba la suciedad.

 

Extracto del artículo publicado en El Mundo