Es la gente con resentimiento y odio, de cualquier ideología política, religión o condición económica, la semilla de los genocidios.

La única vacuna que puede evitar guerras y masacres es la tolerancia con el contrario, la protección de las ideas, creencias y modos de vida, el contagio de la cultura y la razón.

Cada día me fío menos de, quienes creyendo tener la posesión de la verdad o de la justicia, señalan al contrario como enemigos, en lugar de hermanos que iluminar.

Estamos rodeados de violencia contenida, latente, guarecida bajo minorías o mayorías, esperando un detonante que haga explotar el combustible de su odio e intolerancia.